Latidos de Guanajuato: Universos paralelos

Hace unos 22 años, más o menos tuve la oportunidad de hacer trabajos de periodismo y producción de material educativo dentro del territorio del estado de Guanajuato, fue cuando empecé a ver que hay muchos mundos invisibles, que aprendemos a fingir no ver.

Una buena parte de los habitantes urbanos no ha caído en la cuenta de que, en los poblados hay comunidades que poseen prácticas, gustos y costumbres inexistentes en la zona urbana. Las ignoran o las desdeñan, como lo indígena, lo rural, la migración internacional, la inmigración indígena, o que mantienen las formas organizadas de convivencia comunitaria aún en barrios tradicionales de las ciudades.

Nuestra relación con el mundo empieza con la propia tierra, con el terreno, que es para algunos campesinos la acumulación del conocimiento compartido en la agricultura con las plantas que se han domesticado por generaciones, el suelo, que al sentirlo con los pies transmite la memoria y la sabiduría al agricultor, quien relaciona su vida con este vínculo.

Para los pueblos indígenas la tierra es una diosa madre de la que germinamos y a la que nutrimos al final con nuestro cuerpo en un canto que es la misma vida de plantas y humanos. En las ciudades la tierra es la propiedad que se aspira a poseer, el segmento de terreno en que se vive, y que se constituye como una inversión, como un patrimonio, la misma tierra.

De igual forma ocurre con la lluvia, cuya predicción es fruto de la sabiduría de los mayores, quienes aprenden a presentirla, y le llaman con diversos nombres de acuerdo con la forma que adopta, como “panza de burro”, cuando se tiende un manto gris obscuro antes de caer un aguacero, o “la víbora”, cuando se hacen ondulaciones que chicotean la tierra con rachas de viento, por ejemplo.

Hay lugares en nuestro estado en que aun se sabe que las palabras poseen alma, donde su uso es cuidadoso, se deposita en ellas, confianza, verdades, compromisos, voluntades, y se llaman a bendecir ceremonias y hasta discusiones, una experiencia nutritiva para el corazón, conocer estas prácticas, ignoradas en este mundo urbano, nuestro, que la palabra no vale si no está atada a un papel.

Con frecuencia estos detalles no son advertidos por quienes diseñan rutas para visitantes, las cuales se limitan a indicar lugares que ofrecen servicios de alojamiento, restaurantes, paisajes naturales o poblados con arquitectura virreinal, cobertura de señal de internet, o la ubicación de terminales para pagos diversos con tarjetas de crédito, asuntos de los cuales el universo paralelo ha sabido proteger sus tesoros secretos.

La base de nuestro turismo es la cultura, tanto local como nacional e internacional, pues México en el mundo uno de los países más ricos en cultura, por la diversidad que convive en su territorio, de lenguas, gastronomía, medio ambiente, fruto de costumbres y rituales. Sin embargo hemos descuidado la educación en cultura turística de anfitriones sensibles a sus identidades.

Hay un potencial no atendido en los mundos que conviven con los artificios de la civilización y los estilos de vida, ahí hay que poner atención, conocer con claridad lo que poseemos, protegerlo y mostrarlo, hay una ruta turística hacia la conciencia de la frágil diversidad que debemos recorrer quienes podemos ser conocedores de la magia y los tesoros (ahora tan de moda), reales de nuestro estado.

Vaqueritos-citadinos

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